Cómo memorizar un texto
Aprenderse un texto no consiste únicamente en conseguir repetir todas sus palabras sin equivocarse.
Para un actor, el verdadero reto es memorizarlo sin fijar demasiado pronto una forma de decirlo. Porque cuando aprendemos texto y entonación al mismo tiempo podemos terminar construyendo una melodía que después resulta muy difícil modificar.
Cuando trabajo un texto con un actor, no me interesa solamente que pueda decirlo de principio a fin. Me interesa que sepa lo que está diciendo, por qué lo dice y que pueda seguir pensando dentro del texto, incluso cuando cambie la dirección, el compañero, el espacio o la propuesta interpretativa.
Por eso, antes de empezar a repetir frases, hay bastante trabajo que hacer.
1. Antes de memorizar, prepara el texto
Este paso se salta con demasiada frecuencia.
Cogemos el texto, empezamos a repetir la primera frase, después la segunda, añadimos la tercera… y cuando queremos darnos cuenta no solo hemos aprendido las palabras: hemos aprendido también dónde subimos la voz, dónde hacemos una pausa y cómo termina cada frase.
Antes de memorizar, yo resolvería al menos estas cuestiones:
● ¿Comprendo exactamente lo que significa cada frase?
● ¿Entiendo la sintaxis?
● ¿Hay palabras cuyo significado desconozco?
● ¿Sé pronunciar correctamente todo el vocabulario?
● ¿Dónde empieza y termina cada pensamiento?
● ¿Qué información aparece por primera vez?
● ¿Qué provoca que aparezca el pensamiento siguiente?
La puntuación puede ayudarnos a comprender la construcción sintáctica, pero no debería convertirse automáticamente en una partitura de pausas y entonaciones.
Y si existe alguna dificultad de pronunciación, conviene resolverla ahora. Automatizar durante semanas una palabra mal articulada significa tener que desmontar después un hábito que ya hemos incorporado.
Puedes trabajar específicamente este aspecto en
dicción castellana para actores y profesionales.
2. El peligro de memorizar una falsa prosodia
Podemos saber perfectamente un texto y, sin embargo, haberlo aprendido mal para actuar.
Ocurre cuando asociamos cada frase a una determinada curva melódica hasta que palabras y entonación se convierten prácticamente en una sola cosa.
A eso me refiero cuando hablo de falsa prosodia:
una manera de decir el texto que se ha fijado antes de que el pensamiento, la acción y la relación estén realmente construidos.
Después llega un director y cambia una circunstancia, aparece un compañero que responde de una manera diferente o el tribunal de una prueba nos pide otra propuesta… y descubrimos que resulta dificilísimo mover aquella frase de la melodía con la que la aprendimos.
Por eso no buscaría demasiado pronto “cómo decir” el texto.
Primero necesito saber qué estoy diciendo y qué estoy haciendo con esas palabras.
3. Memoriza pensamientos, no sonidos
Una técnica que me parece especialmente útil es trabajar por unidades de pensamiento.
No tienen por qué coincidir con una línea del texto, una frase escrita o una respiración. Una unidad termina cuando el pensamiento cambia, aparece una información nueva o necesito hacer algo diferente con el interlocutor.
Antes de memorizar literalmente una unidad, comprueba que eres capaz de explicar con tus propias palabras qué sucede en ella.
Comprende exactamente lo que está ocurriendo.
Si no puedes hacerlo, probablemente todavía no la has comprendido suficientemente.
Ahora recupera las palabras del autor sin perder el pensamiento que acabas de formular.
No memorices solamente qué viene después: comprende por qué aparece.
La diferencia es importante.
En lugar de recordar:
frase 1 → frase 2 → frase 3
empiezas a construir:
pensamiento 1 → provoca pensamiento 2 → obliga a pensamiento 3
Y esa cadena tiene mucho más valor interpretativo.
4. No empieces siempre desde el principio
Hay actores que saben perfectamente los primeros cinco minutos de una escena y cada vez se sienten más inseguros a medida que avanzan.
Es lógico: durante el proceso de memorización, el principio se ha repetido muchísimas más veces que el final.
Una manera de evitarlo es trabajar fragmentos independientemente y aprender también a entrar en el texto desde distintos puntos.
Prueba, por ejemplo, a que alguien te dé una frase al azar y continúa desde allí.
También puedes trabajar de manera acumulativa desde el final: aprende la última unidad, después la anterior junto con la última, después incorpora la precedente.
Una buena prueba: si para encontrar una frase necesitas recitar mentalmente todo lo anterior, todavía dependes demasiado de la cadena mecánica de palabras.
5. Utiliza el audio con cuidado
Grabarse puede ser muy útil, pero también tiene una trampa.
Si grabas una versión del texto que te gusta y la escuchas veinte veces, puedes terminar memorizando no solo las palabras, sino también tu propia interpretación de aquella grabación.
Para trabajar memoria prefiero otros usos del audio.
● Graba únicamente los pies de tu compañero y deja silencios para responder tú.
● Escucha el pie y recupera tu frase sin mirar el texto.
● Empieza desde diferentes puntos de la escena.
● Evita utilizar una única grabación como modelo de “cómo tiene que sonar”.
En una escena dialogada, además, no aprendas solo tus frases. Necesitas conocer qué estás escuchando. Tu texto no aparece porque haya llegado su turno, sino porque algo lo provoca.
6. Los aromas pueden convertirse en una clave de memoria
La memoria no trabaja únicamente con palabras. El contexto sensorial también puede participar en la recuperación de información.
Los olores son especialmente interesantes porque pueden funcionar como claves contextuales de recuerdo. Se ha observado experimentalmente que reencontrar durante la recuperación un contexto olfativo presente durante el aprendizaje puede facilitar determinados tipos de recuerdo verbal.
Si te interesa la base de este fenómeno, puedes consultar este
estudio sobre memoria dependiente del contexto olfativo.
¿Cómo podemos utilizarlo en el trabajo de un actor?
Un aroma discreto y concreto puede servir como asociación durante el aprendizaje de un fragmento especialmente difícil, o incluso ayudarnos a crear una asociación sensorial determinada con un universo, una situación o un personaje.
Pero hay una precaución importante:
Una ayuda de memoria nunca debería convertirse en una condición para poder recordar.
Si utilizas un aroma como apoyo, retíralo después y vuelve a trabajar el texto en contextos diferentes. En escena necesitamos una memoria disponible, no dependiente de un ritual concreto.
7. Rompe las asociaciones demasiado rígidas
Algo parecido puede ocurrir con el movimiento.
Si cada vez que dices una frase cruzas exactamente al mismo punto, levantas la misma mano y miras hacia el mismo lugar, es posible que el cuerpo empiece a formar parte del mecanismo que utilizas para recordar.
Eso puede ser útil cuando existe una puesta en escena definitiva, pero durante el aprendizaje temprano conviene comprobar que el texto sobrevive sin ese recorrido físico.
Prueba el texto:
● sentado;
● de pie;
● caminando;
● empezando desde diferentes momentos;
● después de una interrupción;
● modificando una circunstancia o una acción.
No buscamos dificultarnos gratuitamente el trabajo. Estamos comprobando si las palabras están realmente disponibles o dependen de una secuencia aprendida.
8. ¿Cómo sé si el texto está realmente aprendido?
Para mí, saberse un texto de memoria no significa poder recitarlo rápidamente de principio a fin.
Está preparado para empezar a trabajar escénicamente cuando puedes:
¿Y si el texto está en verso?
En un texto en verso hay una dificultad añadida: antes de memorizar necesitamos comprender también la relación entre métrica, sintaxis, ritmo, encabalgamientos y pensamiento.
Ignorar la estructura puede llevarnos a convertir el verso en prosa; obedecerla mecánicamente puede llevarnos a recitarlo.
Si estás trabajando repertorio clásico, puedes profundizar en este entrenamiento en
Verso clásico para actores y compañías teatrales.
Memorizar para poder olvidarse del texto
Puede parecer una contradicción, pero ese es finalmente el objetivo.
Trabajamos el texto con precisión, lo analizamos y lo memorizamos hasta que deja de reclamar nuestra atención consciente a cada momento.
El actor no memoriza para repetir.
Memoriza para tener suficiente libertad como para escuchar, pensar, reaccionar y actuar.
Si el texto está verdaderamente disponible, una nueva indicación no debería destruirlo. Debería abrir una nueva posibilidad.
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