La pausa en los textos
Una pausa no es dejar de hacer. Es dejar de hablar sin dejar de pensar, actuar o comunicar.
En las clases de interpretación, voz y comunicación me encuentro a menudo con una misma dificultad: sabemos que tenemos que hacer una pausa, pero no siempre sabemos qué debe ocurrir durante ella.
Y ahí está precisamente la clave. Una pausa no debería ser un espacio vacío introducido porque aparece un punto, porque lo indica una didascalia o porque necesitamos respirar. La pausa tiene una función dentro del pensamiento, de la acción y de la comunicación.
La pausa en interpretación: lo que ocurre mientras no hablas
En un texto dramático podemos encontrar indicaciones como “hace una pausa”, “silencio” o simplemente un momento en el que el personaje deja de hablar.
Uno de los errores más frecuentes es interpretar esa pausa como:
“Ahora no hago nada durante unos segundos y después continúo.”
Pero el personaje no ha desaparecido.
Puede estar pensando, reaccionando, observando, tomando una decisión, intentando ocultar algo, esperando una respuesta, cambiando de estrategia o recibiendo el efecto de lo que acaba de ocurrir.
Por eso, cuando trabajo un texto con un actor, una de las preguntas más útiles ante una pausa es:
¿Qué cambia entre lo que ocurre antes de la pausa y lo que ocurre después?
Si no cambia absolutamente nada, probablemente la pausa todavía no está teniendo una verdadera función dramática.
No todas las pausas hacen lo mismo
Una pausa puede aparecer por motivos muy diferentes. Por ejemplo:
- para procesar una información que acabamos de recibir;
- para tomar una decisión antes de actuar o hablar;
- para cambiar de pensamiento;
- para generar tensión;
- para esperar o provocar una reacción del interlocutor;
- para dar peso a una idea;
- o simplemente porque el pensamiento necesita reorganizarse antes de continuar.
Por eso no me interesa demasiado enseñar la pausa como una duración fija: “aquí paras dos segundos”.
Me interesa mucho más entender por qué aparece. Cuando sabemos qué está sucediendo, normalmente también encontramos de forma mucho más orgánica cuánto debe durar.
La pausa y la puntuación no son exactamente lo mismo
Los signos de puntuación nos ofrecen información muy valiosa sobre la estructura de un texto, pero interpretar no consiste en transformar automáticamente cada coma en una pausa corta y cada punto en una pausa larga.
Cuando hablamos, nuestro pensamiento organiza el discurso en grupos de sentido. Algunas veces esos grupos coinciden perfectamente con la puntuación escrita y otras veces necesitamos comprender primero la estructura completa de la frase para encontrar cómo decirla.
Por eso, antes de decidir dónde parar, conviene preguntarse:
● ¿Cuál es la idea que estoy expresando?
● ¿Dónde termina realmente ese pensamiento?
● ¿Dónde empieza el siguiente?
● ¿Qué palabra o concepto quiero destacar?
Esto es especialmente importante tanto en el trabajo actoral como cuando preparamos un discurso, una presentación o una intervención pública.
¿Qué ocurre con la pausa en el verso clásico?
En el verso aparece además otro elemento: el final del verso.
La estructura métrica y rítmica del verso debe percibirse, pero eso no significa que tengamos que convertir automáticamente cada final de verso en una parada respiratoria o psicológica.
Una cosa es reconocer la construcción versal y otra muy distinta romper constantemente el pensamiento.
Esto resulta especialmente evidente cuando aparece un encabalgamiento: el verso termina, pero la estructura sintáctica y el pensamiento continúan en el siguiente.
El trabajo consiste entonces en conseguir que el espectador perciba el verso sin perder el sentido de lo que estamos diciendo.
Es uno de los aspectos que más trabajamos al abordar textos clásicos: métrica, pensamiento, sintaxis, respiración e intención deben convivir, no competir entre sí.
Si quieres profundizar específicamente en este trabajo puedes consultar mi formación de
Verso clásico para actores y compañías teatrales.
La pausa al hablar en público
En comunicación oral la pausa también es una herramienta extraordinariamente útil.
Cuando hablamos delante de otras personas, las pausas ayudan a organizar el discurso y permiten que quien escucha pueda seguir nuestro razonamiento.
Podemos utilizarlas, por ejemplo:
- antes de una idea importante, para preparar la atención;
- después de una afirmación relevante, para permitir que llegue al oyente;
- entre dos bloques de contenido diferentes;
- cuando queremos cambiar de tema;
- o para evitar un discurso acelerado en el que todas las ideas parecen tener exactamente el mismo peso.
Una persona que no utiliza prácticamente ninguna pausa puede transmitir sensación de precipitación y dificultar la comprensión. Pero llenar un discurso de pausas mecánicas tampoco mejora la comunicación.
La pausa debe estar al servicio del pensamiento.
Un ejercicio sencillo para trabajar las pausas
Coge un pequeño fragmento de un texto teatral, un discurso o una presentación que tengas que preparar.
Simplemente intenta comprender exactamente qué estás diciendo.
Marca dónde termina una idea y dónde comienza otra.
¿Aparece una nueva información? ¿Una reacción? ¿Un cambio de intención? ¿Una conclusión?
Este último paso es importante. No se trata de poner más pausas, sino de encontrar las que el texto realmente necesita.
La pausa también es escucha
Hay otro aspecto que me parece esencial, especialmente para los actores: una pausa nos obliga a dejar de preocuparnos durante un instante por nuestra siguiente frase.
Y eso abre espacio para algo fundamental: escuchar.
Escuchar al compañero, recibir lo que acaba de suceder y permitir que eso afecte a lo que vamos a hacer después.
En comunicación ocurre algo parecido. Una buena pausa nos permite observar al público, recuperar el pensamiento y volver a conectar con aquello que queremos transmitir.
Por eso trabajar las pausas no consiste únicamente en aprender dónde detener la voz. Consiste en aprender a pensar, escuchar y comunicar dentro del silencio.
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